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Al leer esta noticia todos los españoles y españolas nos preguntamos como influirá la salida de Reino Unido en nuestras vidas y en nuestro país, expectantes del desarrollo de la misma a lo largo del 2020.

Boris Johnson evita una gran celebración y define la ruptura como “un momento de renovación nacional”

Boris Johnson tiene a partir de este sábado un reto de dimensiones colosales: recuperar la unidad de un país dividido entre los que reciben el Brexit como una “liberación” y los que lo consideran “una tragedia y un error histórico”. El primer ministro británico ha hablado este viernes del “amanecer de una nueva era” y ha presentado la salida del Reino Unido como “un momento de cambio y renovación nacional”. Las celebraciones oficiales, sin embargo, se han reducido a la mínima expresión, para no reabrir las heridas aún frescas después de más de tres años de rabia y bloqueo.

Como el corredor que llega exhausto a la meta del maratón o como el esquiador que deja finalmente de dar volteretas después de un gran batacazo, solo los partidarios más furibundos del Brexit tenían ganas de celebración. El resto se ha quedado sin fuerzas para celebrar nada. Y los defensores de la permanencia en la UE se han limitado a expresar su tristeza, resignación, casi su alivio, ante un hecho consumado.

El Reino Unido abandonó oficialmente en la medianoche de este viernes (hora peninsular española) las instituciones comunitarias, después de 47 años. “La tarea de este Gobierno —mi tarea— es volver a unir a este país, y llevarlo hacia adelante. Y lo más importante que debo decir esta noche es que esto no es un final sino un principio”, ha dicho Johnson en un mensaje a la nación, grabado un día antes en Downing Street y retransmitido por las televisiones nacionales una hora antes de la culminación del Brexit. Contuvo el primer ministro su naturaleza entusiasta —la que le llevó en un primer momento a anunciar que repicarían las campanas del Big Ben— y ordenó que las celebraciones fueran modestas y alejadas de cualquier triunfalismo. Reunió a sus ministros por la tarde en Sunderland, al norte de Inglaterra. Allí se anunció, en el referéndum de 2016, el primer resultado a favor del Brexit. A su llegada, un grupo de manifestantes se encargó de gritarle que no era bienvenido. “Se trata de usar este nuevo poder, esta soberanía recapturada, para dar a la ciudadanía los cambios por los que votó (…) Vamos a redescubrir músculos que no habíamos usado durante décadas”, ha dicho Johnson en su mensaje a la nación.

Downing Street ya ha anunciado que será el lunes cuando Johnson se dirija a los británicos, en vivo y en directo, para explicarles cuáles son sus planes para los siguientes once meses, cuando se abran las negociaciones con Bruselas para definir la relación futura entre los dos bloques. No será un camino fácil. Cuenta con una mayoría abrumadora en la Cámara de los Comunes y un Partido Conservador aparentemente unido en torno a su figura. Los tories ya no se acuchillarán entre ellos por la “cuestión europea” pero corren el riesgo de resucitar otra vieja guerra. La de los partidarios a ultranza del libre comercio, que aspiran a romper cualquier atadura con las reglas de la UE, y la de los proteccionistas que comiencen a ver en los próximos meses las consecuencias del Brexit para los agricultores, ganaderos, pescadores o empresarios de sus respectivas circunscripciones electorales.

“Gran Bretaña está ante una encrucijada. Al abandonar la UE, tenemos la oportunidad de definir nuestro futuro papel en la comunidad internacional para las próximas décadas. Cambiará el lugar que ocupamos en el mundo. La cuestión está en saber qué dirección tomamos”, ha dicho este viernes el aún líder de la oposición, Jeremy Corbyn. Acertó finalmente en el diagnóstico el veterano político que, con su ambigüedad respecto a la crisis más grave vivida por el Reino Unido en las últimas décadas, condujo al Partido Laborista a una catástrofe histórica.

Johnson ha decidido celebrar en privado, con una cena repleta de productos ingleses en Downing Street, la llegada de la nueva era. Ha reunido a sus ministros y a todos aquellos asesores y estrategas que colaboraron en los tres últimos años para que el abandono de la UE fuera una realidad. Un proyector digital ha reproducido en las fachadas de algunos edificios gubernamentales la cuenta atrás del reloj. La Union Jack, la bandera roja, azul y blanca que representa un país que hoy corre un serio riesgo de romperse, ondeó en The Mall, la avenida que une Trafalgar Square con el palacio de Buckingham. Los defensores del Brexit han celebrado su victoria frente al Parlamento británico, con discurso incluido del ultranacionalista Nigel Farage, el único protagonista de esta historia que ha sostenido su histrionismo hasta el último minuto. “Concluye un importante capítulo de mi vida. Es como el último día de escuela. Te gusta cuando llega, pero te produce cierta aprensión el mundo que hay afuera”, ha explicado este viernes a la cadena ITV, en una de las múltiples entrevistas que concedió para rebañar un protagonismo que se diluye a toda velocidad.

Porque hasta los euroescépticos más recalcitrantes mostraron cierto pudor. “No queremos ser triunfalistas, pero creo que, en un gesto de simpatía hacia Europa, se nos puede permitir a algunos de nosotros que este viernes [por ayer] bebamos algo de vino espumoso francés”, ha dicho Jacob Rees-Mogg, el político que más ayudó a endurecer el discurso conservador desde su European Research Group (Grupo de Investigaciones Europeas).

Los británicos partidarios de la permanencia en la UE han mostrado su resistencia pasiva, casi más bien su resignación, con vigilias por todo el país y velas encendidas. Se ha convertido en el tenue grito de guerra de los perdedores de esta batalla. “Por favor, mantened una luz encendida para Escocia”. Así concluía la carta abierta que la ministra principal de esa comunidad, Nicola Sturgeon, ha dirigido este viernes a los “amigos y vecinos europeos”. “La mejor opción para Escocia es ser una nación independiente, dentro de la UE. Mientras, seguiremos hombro con hombro con el resto de Europa en torno a unos valores e intereses compartidos”, ha asegurado.

El Brexit ha debilitado la unidad de un país “formado por cuatro naciones”, en el que dos de ellas, Escocia e Irlanda del Norte, rechazaron romper amarras con Bruselas y comienzan a contemplar seriamente las ventajas de romper amarras con Londres.

No puede perder de vista estas amenazas, le urgen ya a Johnson algunas voces conservadoras. El primer ministro, sin embargo, se ha obsesionado con un único objetivo: afianzar a todos aquellos votantes del norte de Inglaterra abandonados a su suerte en las últimas décadas y que el pasado diciembre renegaron del laborismo para dar una oportunidad al Partido Conservador. Quiere convencerles de que la rabia que expresaron al respaldar el Brexit estaba justificada, y volcar todos los recursos públicos a su alcance para relanzar la economía de esas zonas. A eso se refiere Johnson cuando habla de “renovación nacional”, y se traduce políticamente en el deseo de que los tories consoliden ese cambio de paradigma y retengan el poder durante una década.

Johnson prometió a los votantes que un Reino Unido liberado de las “cadenas” de la UE crearía cientos de miles de empleos nuevos. Su esperanza reside ahora en comenzar a cerrar nuevos tratados comerciales con países como Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda o Japón y compensar así la perdida de las ventajas adquiridas durante 47 años de pertenencia a la UE.

“La UE ha tomado en los últimos 50 años una dirección que ya no conviene al Reino Unido”, ha dicho Johnson en su mensaje grabado a la nación. Londres tomó finalmente otro camino.

Fuente:El País